Judith Butler, la pandemia, el futuro y una duda: ¿qué es lo que hace
que la vida sea vivible?
02/06/2020
Fuente: https://www.lavaca.org/
Las preguntas fueron el
disparador: ¿Qué significa pensar en un mundo habitable? ¿Y qué es lo que
permite vivir una vida vivible? La Universidad Nacional de México lanzó esa
propuesta y convocó a la filósofa norteamericana Judith Butler quien a través
de una videoconferencia de 20 minutos brindó ideas e intuiciones sobre el
presente, el planeta y las personas que habitamos en él en lo que llamó un
“capitalismo pandémico”. Habló sobre medio ambiente, el cambio climático, los
temas existenciales individuales, la diferencia entre mundo y Tierra, las
condiciones para la vida. La diferencia entre quienes plantean la economía o la
salud como disyuntivas. Los miedos, el trabajo y la convivencia, como claves
para comprender un mundo pospandémico, para el que Butler no prevee demasiadas
utopías, ni tampoco se resigna a las distopías. La UNAM organizó El Aleph, un
festival de ciencia y arte que permitió estas reflexiones con un dilema como
trasfondo: cómo crear un mundo en el que la colaboración mundial pueda
sobreponerse a los nacionalismos y a los intereses de mercado.
¿Qué constituye un mundo
habitable? ¿Qué significa vivir una vida vivible?
Son dos preguntas diferentes. La
primera afirma la prioridad del mundo y se pregunta cómo debe ser y cómo deben
habitarlo los seres humanos y no humanos.
La segunda establece una distinción
entre vidas vivibles e invivibles.
Cuando hablamos del mundo
hablamos de habitar. No sería así si habláramos de la Tierra. No quedan muchos
lugares de la Tierra en los que no van los seres humanos, pero el mundo es
siempre un espacio habitado. Un tiempo habitado.
En cierto sentido un mundo son
las coordenadas espacio-temporales en que se vive una vida.
Un mundo inhabitable significa
que la destrucción triunfó. Si una vida es invivible es porque se destruyeron
las condiciones que la hacían vivible.
La destrucción de la Tierra como
consecuencia del cambio climático vuelve inhabitable al mundo. Y nos recuerda
la necesidad de ponerle límites éticos a nuestro habitar. Los seres humanos
tenemos maneras mejores y peores de habitar el mundo. Y a veces el mundo solo
puede sobrevivir si se limita el alcance del habitar humano.
En condiciones de cambio
climático imponer esas condiciones a los humanos sienta las bases de un mundo
habitable. Una vida no es vivible si el mundo es inhabitable. Habitar un mundo
es parte de lo que hace que una vida sea vivible. Si los humanos habitamos la
Tierra sin ningún cuidado por la biodiversidad, sin detener el cambio
climático, sin limitar las emisiones de carbono, estamos produciendo un mundo
inhabitable.
El mundo, la Tierra y los viajes
Puede ser que el mundo y la
Tierra no sean la misma cosa. Pero si destruimos la Tierra, también destruimos
nuestros mundos. Y si vivimos vidas humanas sin ningún límite a nuestra
libertad, entonces disfrutamos de esa libertad a expensas de una vida vivible.
Y así nosotros hacemos invivibles nuestras propias vidas en nombre de la
libertad.
O, más bien, volvemos inhabitable
nuestro mundo e invivibles nuestras vidas en nombre de una libertad individual
que se valora a sí misma por encima de cualquier otro valor y eso se vuelve un
instrumento para la destrucción de los lazos sociales y de los mundos vivibles.
Sin entrar en la cuestión sobre
si la pandemia es una consecuencia directa o indirecta del cambio climático,
creo que es importante centrar la atención en el hecho de que estamos viviendo
una pandemia mundial en condiciones de cambio climático. Y eso significa que
nuestra relación con el aire, el agua, la alimentación y el resguardo que
brinda el medio ambiente, que ya estaba afectada en un contexto de cambio
climático, se vuelve todavía más problemática en medio de una pandemia. Son dos
problemas diferentes, pero se sobredeterminan y condensan en este presente
pandémico.
Por un lado, la interrupción de
los viajes y la actividad económica permite que el mar y el aire se recuperen
de la prolongada contaminación provocada por las toxinas ambientales.
Hemos visto un indicio de lo que
podría ser esa recuperación o reparación ambiental pero por otro lado, no
tenemos ninguna garantía de que no se trate de algo más que de un momento
apenas pasajero.
Después de todo, los viajes y la
producción no se detuvieron por causa de una preocupación por el medio
ambiente. No, la causa fue el miedo de que los seres humanos pudiesen contraer
el virus en los aviones o en sus lugares de trabajo. O sea que las razones
fueron fundamentalmente humanas. No ha existido una discusión sobre el
antropoceno. Pero sin embargo, la pandemia demuestra cómo se podría recuperar
el mundo natural si se restringiera la producción, si se redujeran los viajes.
Y si disminuyeran las emisiones y la huella de carbono.
Mis palabras les llegan en una
grabación porque no puedo viajar personalmente hasta la ciudad de México. Pero
tal vez esta experiencia me haga tener conciencia de que si viajo menos el
mundo natural podría tener mayores posibilidades de recuperarse. No lo digo
solo por mmi, sino por cualquiera que de por sentado viajar, que no puede vivir
sin viajar, o que crea eso.
La vida soportable
Si la lección indirecta que nos
enseña la pandemia es que toda las personas tenemos que reducir nuestra huella
de carbono, eso significa que en el mundo pos pandemia deberemos calcular las
huellas de carbono para garantizar un mundo habitable, para nosotrxs y para lxs
otrxs tanto en el presente como en el futuro para hacer habitable al mundo.
Por supuesto, la pregunta acerca
de una vida vivible, parece ser, realmente, una cuestión mucho más subjetiva.
Podríamos preguntarnos: ¿qué hace
vivible mi vida?
¿Cuáles son las condiciones
necesarias para que yo pueda vivir una vida vivible?
Decir que una vida es vivible
equivale a decir que yo pueda vivirla y otrx presumiblemente también. Que mi
vida, entendida como una vida humana, puede vivir en ciertas condiciones y que
eso es válido también para otras vidas. Y que las restricciones que afectan mi
vida no me resultan tan insoportables como para hacerme dudar del hecho de
segur viviendo.
Por supuesto, los seres humanos
viven de maneras distintas los límites de lo vivible. Y si determinadas
restricciones son vivibles o no, depende del modo en que cada quien determine
lo que necesita para vivir. Finalmente, lo vivible es un requisito muy modesto.
No nos preguntamos por ejemplo ¿qué me haría feliz? Ni tampoco: ¿qué vida
podría satisfacer de manera más clara mis deseos?
Lo que buscamos más bien de vivir
de manera tal que la vida siga siendo soportable.
En otras palabras, se trata de
buscar las condiciones para que la vida pueda mantenerse y continuar.
Otra manera de decir esto sería:
¿cuáles son las condiciones de vida que hacen posible el deseo de vivir, de
continuar viviendo?
Como sabemos de manera indudable
que en ciertas condiciones restrictivas, encarcelamiento, ocupación, tortura,
destierro, podríamos preguntarnos si en esas condiciones vale la pena vivir. En
algunos casos llega a extinguirse incluso el deseo de vivir, y la gente se
quita la vida o se entrega a la muerte.
La pandemia nos plantea esta
pregunta de una manera diferente. Porque las restricciones con las que se me
pide que viva no tienen como fin proteger solamente mi vida sino también las
vidas de otras personas. Las restricciones me impiden actuar de determinadas
formas, pero también implican una mirada sobre el mundo que se me pide que
acepte.
“Me piden que no me muera”
Si pudieran decirlo, me pedirían
que entendiera que esta vida que vivo está sujeta a otras vidas. Y que ese
estar sujetxs lxs unxs a lxs otrxs es un aspecto constitutivo de quién soy yo.
En otras palabras: no puedo viajar a la ciudad de México por las restricciones
que buscan protegerme de un virus que podría quitarme la vida. Pero también
para impedirme que transmita un virus que no sé si tengo, pero que podría
cobrarse otras vidas.
En otras palabras, me piden que
no muera, y que no ponga a otrxs en situación de riesgo, enfermedad o muerte. Y
yo tengo que decidir si acepto o no ese pedido. Para entender las dos partes de
ese pedido tengo que verme a mí misma como alguien capaz de contagiar el virus,
pero también como alguien que puede infectarse con el virus. Soy al mismo
tiempo potente y vulnerable, poderoso y expuesto. Capaz de provocar daño, pero
también de sufrirlo. No se puede escapar a esa polaridad. Parecería que lo que
me sujeta a lxs demás es la posibilidad de causar o sufrir daño, y tanto mi
vida como la suya dependen de reconocer hasta qué punto nuestras vidas dependen
de cómo actúe cada quien. Tal vez esté acostumbrada a actuar por mi cuenta y a
decidir si tomar en consideración a otras personas, y de qué forma.
Pero de acuerdo al paradigma que
hoy les estoy proponiendo yo ya estoy en relación con ustedes, y ustedes ya
están en relación conmigo. Antes de que ninguno de nosotrxs se ponga a debatir
cuál es la mejor forma de relacionarse con lxs demás. Compartimos el mismo
aire, las mismas superficies, nos rozamos unxs con otrxs. Somos desconocidxs
cerca unxs de otrxs en un avión, y el paquete que envuelvo tal vez tenga que
abrirlo unx de ustedes.
Actuamos como si nuestras vidas
por separado fueran lo prioritario, y luego hubiera que decidir la organización
de la sociedad. Esa es una idea liberal que está muy arraigada en la filosofía
moral.
La respiración compartida
Pero ¿cuándo y cómo se convirtió
en algo posible imaginar la propia vida por separado? ¿Cuáles fueron las
condiciones le dieron vida a esa forma de imaginar? La cuestión de la comida,
el sueño y el abrigo nunca se pudieron separar de la cuestión de mi vida, de
cuán vivible es. Y el acceso por mínimo que sea a esas cosas es condición
necesaria para que pueda imaginarme a mí misma por separado. Esa dependencia
tuvo que ser dejada de lado, o totalmente negada, para que yo pudiera decidir
que soy un individuo singular, separado de las demás personas. Y sin embargo
toda individuación se ve amenazada por esa dependencia que la persona se
imagina como si pudiera ser superada.
La pandemia nos trae eso también.
¿Cómo vivir sin tocar o que nos toquen? ¿Sin la respiración compartida? ¿Eso
sería vivible? Si desde el comienzo de la vida solo puedo decir ambiguamente que
esa es “mi” vida, entonces la interdependencia social también entra en juego
antes que cualquier deliberación sobre la conducta moral
Las siguientes preguntas como
¿qué debería hacer? ¿Cómo vivo esta vida? Presuponen un “yo” y una “vida” que
se plantean esas cuestiones por y para sí mismos.
Pero si el “yo” está siempre
poblado y la vida es siempre compartida, ¿cómo cambian estas preguntas morales?
De todos modos es difícil desechar la idea de una vida individual y finita.
Después de todo, lo que hace que una vida sea vivible parece ser una cuestión
personal, algo concerniente a esa vida y no a otra. Y sin embargo cuando pregunto qué hace que
una vida sea vivible estoy sugiriendo que hay condiciones compartidas que hacen
vivibles las vidas humanas. En ese caso, al menos parte de lo que hace posible
mi propia vida hace también vivible otra. Y no puedo disociar totalmente la
cuestión de mi propio bienestar, del bienestar de otras personas.
¿De quién es mi vida?
Si la pandemia nos enseña una
importante lección, de índole ética y social, al parecer es ésta. “¿Qué hace
que una vida sea vivible?” es una pregunta que suele plantear un organismo
público o un gobierno; es una cuestión que muestra de manera implícita que la
vida que vivimos nunca es exclusivamente nuestra, que las condiciones de una
vida vivible tienen que estar garantizadas y no solo para mí. Esas condiciones
no pueden entenderse, por ejemplo, en términos de vida privada. El «yo» que soy
es en cierta forma un «nosotros», aunque una serie de tensiones suele definir
la relación entre estos dos sentidos de la propia vida.
Si esta vida es mi vida, pero la
vida nunca es por completo mía; si la vida es el nombre que recibe una
condición y un recorrido que se comparten, entonces la vida es el lugar donde
dejo de lado mi egocentrismo.
De hecho, la frase «mi vida»
suele apuntar en dos direcciones a la vez: esta vida, singular, irremplazable;
esta vida, compartida y humana, compartida también con vidas animales, con
varios sistemas, y redes vitales.
No quisiera decir en modo alguno
que la pandemia es buena porque nos enseña cosas que tenemos que aprender. Más
bien estoy diciendo que la circulación del virus pone de manifiesto ciertas
condiciones de la vida, y que ahora tenemos la oportunidad de entender nuestras
relaciones con la Tierra y con las demás personas de maneras más solidarias, de
vernos a nosotrxs mismxs menos como identidades aisladas y movidas por el
interés, que como seres que estén sujetxs lxs unxs a les otrxs de maneras
complejas en un mundo lleno de dificultades. Que en efecto vayamos a aprovechar
esa oportunidad, es cosa discutible.
Ni utopías ni distopías
Personalmente, no creo que la
pandemia abra las puertas de un futuro utópico.
Tampoco me parece inevitable que
el desenlace sea una distopía.
Lo que sí creo, es que los
términos del conflicto se agudizan, y que debería surgir un acuerdo colectivo
renovado con la igualdad social y económica, debería ocurrir eso a partir de
estas nuevas revelaciones sobre la forma en que estamos sujetxs lxs unxs a les
otrxs.
Como sabemos, la pandemia tiene
lugar en un contexto de cambio climático y destrucción medioambiental. Pero
también tiene lugar en el contexto de un capitalismo que sigue considerando
desechables las vidas de lxs trabajadores. Algunxs de nosotrxs contamos con
seguro de salud y medidas de seguridad en nuestros lugares de trabajo, pero la
gran mayoría de la gente no tiene cobertura médica, y los intentos para
garantizarla con demasiada frecuencia caen en el vacío. Así que cuando en los
Estados Unidos nos preguntamos cuáles son las vidas más amenazadas por la
pandemia, resultan ser lxs pobres, la comunidad negra, les migrantes recientes,
la población de las cárceles, y les ancianxs.
A medida que abran los comercios
y la industria vuelva a ponerse en marcha, no habrá manera de proteger del
virus a tanta cantidad de trabajadorxs. Y en el caso de aquellas poblaciones
que nunca habían tenido acceso a un seguro de salud, o que ya se encontraban en
una situación mucho menos privilegiada a causa del racismo, ciertas afecciones
que de otra manera podrían recibir tratamiento se convierten en «enfermedades
preexistentes», volviendo a estas personas aún más vulnerables.
Economía vs. Población
Quienes creen que la «salud de la
economía» es más importante que la «salud de la población» siguen una receta
que afirma que el lucro y la riqueza son, a fin de cuentas, más importantes que
la vida humana. Quienes calculan los riesgos, que saben que alguna gente va a
tener que morirse, concluyen de manera implícita o explícita que habrá que
sacrificar vidas humanas en aras de la economía. Podría decirse que las
fábricas y los lugares de trabajo tienen que seguir abiertos por el bien de las
clases trabajadoras pobres.
Pero si justamente las vidas de
esas personas son las que se van a sacrificar en sus lugares de trabajo, donde
la tasa de contagio es la más alta, entonces estamos ante una versión remozada
de la antigua formulación de Marx. Abrimos la economía, o nos resistimos a
cerrarla, con el pretexto de ayudar a la gente pobre, pero a la vez las vidas
de esas personas son las que se consideran desechables; y sus trabajos,
reemplazables.
La clave del deseo
En otras palabras, según las
condiciones de la pandemia, lxs trabajadorxs van a trabajar para poder vivir,
pero el trabajo es precisamente lo que precipita su muerte.
Así, se descubre desechable y
reemplazable, puesto que la salud de la economía resulta más importante que la
suya. De esta manera, la vieja contradicción inherente al capitalismo asume una
nueva forma en condiciones pandémicas o lo que podríamos llamar «capitalismo
pandémico».
Y ahora tenemos que preguntarnos
si queremos un mundo de esas características. Un mundo que hace una distinción
entre qué vidas deben salvarse y cuáles no: preguntarnos si un mundo así es
habitable. ¿Qué vidas se consideran valiosas y cuáles no? Estas preguntas, que
podrían parecer abstractas y filosóficas son en la práctica las que surgen del
corazón de una emergencia social y pandémica.
Para que el mundo sea habitable
no solo tiene que hacer posible las condiciones de vida sino también el deseo
de vivirla. Porque ¿quién querría vivir en un mundo que desprecia la vida, o la
considera desechable? Querer vivir en un mundo habitable significa participar
de las luchas contra las condiciones que buscan la muerte de unx mismo. No
podemos lograrlo por separado. Solo podremos lograrlo si colaboramos para crear
nuevas condiciones para vivir y desear.
Y para que una vida sea vivible
tiene que ser una vida hecha cuerpo, que pueda habitar espacios que busquen
promover y posibilitar esa vid. No su enfermedad o su muerte. Y entre esos
lugares se encuentran la casa, los lugares en los que encontramos abrigo y
protección, el trabajo, la tienda, la calle, el campo, la plaza pública.
Vivir y dejar morir
A medida que se nos informa del
progreso de las vacunas y los antivirales, el mercado se frota las manos
apostando por el futuro de tal o cual industria farmacéutica. Si aparece una
vacuna, el tema es quién la va a poder obtener primero y cuánto va a costar.
¿Se la va a distribuir gratuitamente sin fines de lucro? ¿Serán las personas
que más las necesitan la primeras en acceder a ella?
La cuestión de la desigualdad se
agrega a la de la distribución de la riqueza y veremos si la colaboración
mundial logra imponerse al nacionalismo y a los intereses del mercado.
Debamos luchar por un mundo que
defienda el derecho a la salud de las personas desconocidas al otro lado del
planeta con el mismo fervor con el que defendemos el derecho de nuestro vecino
o de nuestrx amante.
Esto puede parecer poco razonable
pero tal vez haya llegado el momento de deshacernos del prejuicio local y
nacionalista que moldea nuestra idea de lo que es razonable.
Hace poco Tedros Ghebreyesus,
director general de la Organización Mundial de la Salud, declaró: “Nadie puede
aceptar un mundo en el que se proteja a algunas personas mientras que a otras
no”.
Reclamaba el fin del nacionalismo
y de la racionalidad del mercado que calcula qué vidas vale más salvar que
otras. Si nos negamos a esa disyuntiva nos comprometemos con formas de
colaboración y ayuda mundial que buscan garantizar el acceso igualitario a la
salud: a una vida vivible.
No he respondido a la pregunta
sobre qué hace vivible una vida, o habitable un mundo. Pero los mundos de la
vida en los que vivamos no deben limitarse a promover nuestras propias vidas,
sino también garantizar las condiciones vitales para todas las criaturas cuyo
deseo de vivir debe satisfacerse por igual. Negarse a aceptar esa opción –quién
va a vivir y quién tiene que morir- significa confrontar al mercado y sus
cálculos, que son los que nos ponen ante esa disyuntiva.
Por el momento esa interdependencia
en la que vivimos puede parecer mortífera, pero al fin es la posibilidad que
tenemos de alcanzar la igualdad, de construir y sostener un mundo vivible.
La conferencia puede verse en
https://www.youtube.com/watch?v=4qhh0SAcqtc
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