martes, 21 de abril de 2020

La subjetividad heroica.

CONTRA LAS ALTERNATIVAS INFERNALES, LA CRÍTICA COMO APRENDIZAJE

Amador Fernández-Savater

¿Quieren ustedes parar todo? Provocarán el colapso de la economía y un empobrecimiento general.
¿No quieren ustedes un confinamiento total? Provocarán el aumento de los contagios y el colapso de la sanidad.
Estamos atrapados en mil y una “alternativas infernales” que dice Isabelle Stengers: un tipo de descripción de la situación que sólo propone obediencia o muerte. Un tipo de “realismo” que sólo propone la resignación a lo inevitable, al “es muy necesario”.
“Allí donde se constituye una alternativa infernal, la política da paso a una sumisión”.
¿Cómo escapar? Stengers descarta la crítica como denuncia general y un poco hueca, refutación meramente teórica del planteamiento infernal, como si la “verdad” pudiese desplazar por sí sola al “error”.
Pero la alternativa infernal no es un error, una mentira o una ideología, sino una cuestión muy práctica que funciona en concreto. Se produce a nivel micro, obturando toda alternativa, bloqueando el pensamiento, cortando las conexiones, a través de mil pequeños agentes que Stengers llama “los secuaces”.
De la alternativa infernal se puede salir sólo abriendo “trayectos de aprendizaje” donde nos hacemos capaces de pensar, sentir de otro modo y abrir lo posible. Se sale “a través”, por “el medio”. Es lo más difícil.
Contra la descripción de la situación que produce impotencia, el trayecto de aprendizaje fabrica una descripción de lo que pasa en la que todos somos capaces de pensar y actuar (no “víctimas” o “espectadores”). Fabrica nuevos saberes, herramientas, palabras y enunciados. Y allí donde los secuaces producen capturas que paralizan, los trayectos de aprendizaje fabrican pasajes que potencian.
La salida de la alternativa infernal no está dada y oculta, hay que inventarla. Inventar lo que era inconcebible. Por ejemplo, una tangente entre confinamiento vertical-policial y colapso de la sanidad, una tangente entre reactivación de la economía y empobrecimiento.
Una tangente no crítica, sino teórica y pragmática, pero experimental y sin garantías, como las que inventaron en su día los colectivos de afectados por el sida, los campesinos contra los OGM, los hackers contra la privatización de los saberes... ¿La que puede inventarse hoy entre los mil colectivos de apoyo mutuo, el personal sanitario, etc.?
“Lo único que importa realmente son los caminos concretos y arriesgados por donde podría adquirir sentido aquello de cuya imposibilidad todo habla”.

domingo, 19 de abril de 2020

Un afuera que está adentro.

Fuente: https://colectivoescucharte.blogspot.com/





Teléfono voz, amistad: un afuera que está dentro*
* Erick Vázquez entre amigos...

                         

Recuerdo bien que alguna vez fuiste criticado por mencionar justo el tema de la amistad,
si mal no recuerdo,dijiste "si no fuera por la amistad el
análisis no sería posible"

La pandemia del corona virus no se parece a nada anterior. No tenemos ningún antecedente con qué compararlo efectivamente. La metáfora de la guerra -porque es una metáfora, y no una analogía- es incorrecta y sólo nos conduce a comprender menos; si Agamben, Preciado, Zizek y otros nombres no hacen más que repetir sus teorías usuales ante una realidad que las demuestra inadecuadas es porque hay algo en la circunstancia actual de un virus que se resiste a ser pensado con esas herramientas. Las teorías de a quienes recurro tradicional para entender el presente las encuentro rebasadas y hasta irresponsables, como el texto de Preciado en El País el pasado 28 de marzo:
Los Gobiernos llaman al encierro y al teletrabajo. Nosotros sabemos que llaman a la descolectivización y al telecontrol. Utilicemos el tiempo y la fuerza del encierro para estudiar las tradiciones de lucha y resistencia minoritarias que nos han ayudado a sobrevivir hasta aquí. Apaguemos los móviles, desconectemos Internet. Hagamos el gran blackout frente a los satélites que nos vigilan e imaginemos juntos en la revolución que viene.
Es inconsecuente y mesiánico convocar a que dejemos de comunicarnos entre nosotros con la finalidad de que cada quien en su encierro imagine la revolución que viene. Soy crítico de arte, por mis propios recursos poco entiendo. Mi manera de comprender suele ser la de hablar con los artistas, y con mayor frecuencia con aquellos a quienes me ata un lazo de amistad, por la sencilla razón de que los oficios del arte y la crítica, en la medida en la que distinguen con dificultad la vida pública de la privada, obligan a una congruencia. Llamé a mi amiga Elisa, ensayista y guitarrista, con la que había perdido el contacto durante años (eso hace una catástrofe en su proximidad, relativiza la distancia así como la gravedad curva el paso del tiempo). Esa ausencia larga en la espera mientras timbraba intermitente la llamada se traducía en no saber qué esperar, qué decir, cómo iba reaccionar después de tanto año, pero en cuanto escuché su voz toda incertidumbre se desvaneció y ya sólo éramos como siempre. La amistad se distingue de cualquier otra relación en la velocidad con la que se actualiza, que es parecida a la velocidad de la luz, tan rápida que parece instantánea. Pero no se trata sólo de la velocidad con la que el lazo amistoso actualiza el sentido y las afecciones, fue el timbre de su voz el que organizó años de ausencia y miles de kilómetros de distancia. Hay algo en el timbre que es indisociable a la identificación y al sentido que permite el intercambio de las voces.

Teléfono es una palabra muy nueva, el vocablo Tele-phoné se traduce, literalmente del griego, distancia-voz humana y fue usado por Alexander Graham Bell para bautizar su invención. En el 10 de marzo del 1876, Graham Bell escribió por la noche una carta a su papá, Melville Bell, en donde le decía:
Un discurso articulado fue transmitido de manera inteligible esta tarde. He construido un aparato nuevo operado por la voz humana. Por supuesto, no está terminado aún, pero algunas frases pudieron entenderse. Me encontraba en la habitación del instrumento transmisor y el señor Watson en otra habitación, con el instrumento receptor, lejos del alcance del oído. Llamé por el transmisor “Sr. Watson, venga aquí, necesito verlo”, ¡y vino! Este es un gran día para mí. Presiento que por fin he dado con la solución a un gran problema, y el día está cercano en el que los amigos podrán conversar sin salir de casa.
Le escribía a su padre, pudo haber dicho “padres e hijos”, “socios y hermanas”, pero decidió escribir “los amigos podrán conversar sin salir de casa”. Ese mismo año Graham Bell fundó lo que más adelante sería la Bell Telephone Company, registrando los primeros dos números telefónicos de la historia, el No. 1 para su propio estudio, y el No. 2 asignado al domicilio de su amigo y colega, Thomas Watson. En 1914, más de tres décadas después, Graham Bell realizó la primera llamada de larga distancia, de Nueva York a San Francisco, esta vez con la prensa y el gobierno presenciando de ambos lados la conexión. Graham Bell, consciente de que la Historia lo escuchaba, quiso repetir su ya famosa frase: Mr. Watson, come here. I want you. La historia del teléfono está ligada a la historia de la amistad.
Es una circunstancia un poco distinta la del teléfono moderno porque los aparatos con los que cargamos son algo más que un teléfono, como artefactos de voz despiertan ya sospecha, preferimos textear o en su defecto enviar un audio, pero aún así se trata de la voz humana, mientras leemos los textos escuchamos al interior la voz de quien los escribe. En todo caso la línea telefónica - las frecuencias de los celulares pasan por líneas- replica la historia de una etimología. La raíz indoeuropea distingue claramente el origen de cuerda, *ǵʰer-, que pasó al griego arcaico chordé para referirse a los intestinos estirados que servían a los instrumentos musicales, un acorde un conjunto de tripas tensadas al mismo tiempo; el origen de corazón es por su parte nítidamente ubicado en el indoeuropeo como *ḱḗrd, que pasó al griego antiguo como kardía y de ahí al latín Cor, corazón. Hasta ahí la raíz de las palabras es distinguida con claridad, pero ya desde muy temprano ambos sentidos empiezan a trenzarse. Para dar un ejemplo ilustre, cuando el emperador Adriano le preguntó al filósofo Epicteto qué era la amistad, éste respondió: armonía. Quid es amicitia? Concordia. Ya en el latín clásico Concordia significaba literalmente la afinidad de los corazones, pero en el uso designaba el moderno “armonía” en sentido musical, es decir, una consonancia de cuerdas. El moderno español cordura tendría que ver con una relación al corazón, pero también con la cuerda que resuena, como en un recuerdo.

No hay mamífero que en un encierro prolongado no se empiece a dar de topes contra la pared. Es el teléfono, la phoné y no la imagen visual, lo que en el actual aislamiento le otorga sentido a mi realidad inmediata, la voz humana, la de los semejantes, la resonancia con la que me identifico. Si ahorita me preguntaran ¿Qué es la amistad? Respondería: La cordura. Una cuerda que nos mantiene en línea, una línea fonética que nos permite pensar incluso lo impensable de una realidad sin referencias inmediatas.

En 1927 se hizo la prueba de la primera llamada trasatlántica. Desde que se trataba de un ensayo técnico no se involucraron grandes personalidades, pero se conservan las voces anónimas de los ingenieros en la Librería del Congreso de los Estados Unidos, transcritas por Cary O’Dell. Una voz con acento americano pregunta ¿Me escuchas? ¿Me escuchas? ¿Me escuchas mejor ahora? Otra voz con acento inglés le responde y hablan un poco sobre el clima, llovía en Londres y el sol brillaba en Nueva York. En un punto de la conversación el americano dijo: Distance doesn’t mean anything anymore. We are on the verge of a very highspeed world…¿Qué es una línea? Es difícil de describir porque la respuesta corta es que se trata del espacio en sí, es decir, una densidad igual a sí misma, una superficie. Mi amiga Renard, pintora y filósofo de oficio, me ha ayudado a entender porqué Euclides para definir lo comprendido entre dos puntos escribía γραμμὴ, un “trazo”. Una línea es la expresión de su ocupación en el espacio, el sonido es la materialización instantánea de la distancia, la voz humana es la procesión armónica de la presencia; una línea que, hasta donde entiendo, opera de esta manera exclusivamente dentro de los límites de la amistad, y que no podría corresponder por ejemplo a las instancias del amor, las de la sujeción de una pareja en particular. Barthes, en sus Fragmentos de un discurso amoroso, desarrolla el fenómeno de la llamada telefónica entre amantes:

A Freud, al parecer, no le gustaba el teléfono, a él que le gustaba, sin embargo, escuchar. ¿Tal vez sentía, preveía, que el teléfono es siempre una cacofonía, y que lo que deja pasar es la mala voz, la falsa comunicación? A través del teléfono, sin duda, se intenta negar la separación —como el niño que al temer perder a su madre juega a manipular sin descanso un cordel—; pero el cable del teléfono no es un buen objeto transicional, no es un cordel inerte; está cargado de un sentido, que no es el de la unión, sino el de la distancia: voz amada, fatigada, escuchada por teléfono: es el “fading” en toda su angustia. En primer lugar esta voz, cuando me llega, cuando está ahí, cuando se mantiene (a duras penas), no la reconozco jamás enseguida; se diría que sale de debajo de una máscara. Además, el otro está ahí siempre en instancia de partida; se va dos veces, mediante su voz y mediante su silencio: ¿a quién hablar? Nos callamos juntos: acumulación de dos vacíos. “Te voy a dejar”, dice cada segundo la voz del teléfono.

Hay una angustia, una insuficiencia, entre los amantes que se llaman por teléfono, para una pareja la línea es la constatación de una incertidumbre, y es recurrente el ritual de jugar a quién cuelga primero. Cuando jugueteábamos con el cordón del teléfono jugábamos verosímilmente con la línea cordial, la mismísima vena cava. Entre amigos, por el contrario, sencillamente nos decimos ya voy a colgar e inmediatamente suena el tono intermitente, sin rencor, con la certeza de que el sentido de la relación va actualizarse en cuanto la conexión se reestablezca. A diferencia de las llamadas entre los amantes, entre los amigos una línea es un asunto de comprensión, la comprensión de una distancia.

Las razones que se encuentran detrás de la invención del teléfono son extraordinarias. Melville Bell, el padre de Alexander Graham, desarrolló en el 1867 el concepto de lenguaje visual, un alfabeto fonético para articular la letra visible con la imagen acústica en base al aparato fonador, es decir, un alfabeto universal, una herramienta para enseñar a los sordos a usar sus cuerdas vocales, su cuerpo para hacer sonidos inteligibles en el lenguaje articulado para que otros escuchas pudieran entender. El lenguaje visual de Melville Bell es lo que en la actualidad usamos para comprender cómo se pronuncian las palabras en idiomas ajenos, el instrumento que usamos para escudriñar lo que más de tres milenios atrás debió escucharse como la lengua madre común a casi todas las lenguas de India, Asia y Europa. Eventualmente Graham Bell perfeccionó el sistema que su padre había publicado bajo el título Visible Speech: The Science of Universal Alphabetics, y Graham Bell acabaría por desarrollar además un espectrograma para hacer visible el registro de la voz en patrones legibles, el timbre identificatorio, mismo que ahora podemos ver agitarse en nuestros celulares cuando hacemos una grabación de voz, medida de los decibeles, la medida del sonido en relación al oído humano así nombrada a partir de su inventor, Bell.

La madre de Alexander Graham era una destacada violinista que perdió el oído gradualmente, empezó a ayudarse con un cuerno para amplificar la voz de su hijo y poder mal que bien entenderle. Cuando Graham Bell cumplió doce años su madre había perdido todo sentido de la escucha, y de la música también. Graham Bell, antes de dedicarse a la invención electromagnética, seguía los pasos de su padre como un avanzado pedagogo para la enseñanza de los sordomudos. Graham Bell no inventó el teléfono para resolver las distancias entre los hogares y las naciones, ese fue un afortunado accidente, Graham Bell intentaba resolver la sordera de su madre, y eventualmente la sordera de su propia esposa Mabel Hubbard. El teléfono es el resultado de una búsqueda por desarrollar un aparato prostético para solucionar la sordera de quienes amaba. Ambas, la madre y la esposa del inventor del teléfono, a decir de la correspondencia que se conserva las influencias más grandes de su vida, no podían escucharlo. El teléfono, la voz humana a distancia, es una invención culminante de tres generaciones de científicos que estuvieron en cuerpo y alma concernidos por la problemática de la voz y la sordera.

La voz humana es una emisión muy peculiar porque resuena dentro del propio cuerpo al mismo tiempo que proyecta su imagen acústica, y en eso es más bien parecida al tacto, que toca al mismo tiempo que la propia piel es sentida, (el lenguaje de señas, en donde las manos se tocan entre sí, es análogo a la voz) y tal vez por eso la conversación, a diferencia del sólo intercambio de miradas, resulte tan confortante, porque la voz es una vibración física que toca el interior del oído, y tal vez por eso resulte imposible violentar con la voz sin agredir el propio cuerpo. Mi amigo Alberto Sladogna me mostró esta analogía que Freud hace en Consejos al médico para el tratamiento psicoanalítico, de 1912:

[El médico] debe volver hacia el inconciente emisor del enfermo su propio inconsciente como órgano receptor, acomodarse al analizado como el auricular del teléfono se acomoda al micrófono. De la misma manera en que el receptor vuelve a mudar en ondas sonoras las oscilaciones eléctricas de la línea incitadas por ondas sonoras, lo inconsciente del médico se habilita para restablecer, desde los retoños a él comunicados de lo inconsciente, esto inconsciente mismo que ha determinado las ocurrencias del enfermo.

Freud utiliza la analogía del teléfono con referencia a la “regla analítica fundamental” justamente porque la voz resuena dentro del cuerpo y un amigo nos escucha para ayudarnos a pensar lo que decimos. La voz del teléfono articula el afuera con el adentro, ni afuera ni adentro, está en nuestra carne por vía de los agujeros corpolares que son zonas erógenas de contacto con los otros. Dice un relato quizás mítico, es decir real, que Freud fue el primero o de los primeros abonados al teléfono en Viena, Austria. Lacan produjo una ocurrencia al teléfono “Hola... ¿Lacan? Ciertamente No…”(Cfr. Jean Allouch…).

El teléfono funciona como un artefacto para escucharse a sí, si es cierto que un amigo es una especie de imagen de sí mismo (exemplar aliquod intuetur sui). No hablo más que del puro intercambio de timbres de voz que armoniza un sentido excedente los cuerpos que resuenan, según mi amigo y músico Fernando Vigueras, el timbre en tanto asunto de las relaciones entre los armónicos y la identidad constituye un acorde único a un cuerpo en particular, instrumento o animal, un tema digno de las ciencias de la complejidad. La amistad parece reducirse a una fórmula de tiempo y presencia, una resonancia. La amistad es la identificación de un timbre específico reconocible en el oído, y al que podemos responder en consonancia con la verdad desnuda para hacer sentido de, incluso, el aislamiento de una realidad disgregante y opresiva. Paul Preciado en otro texto más reciente " Paul B. Preciado en cuarentena. La conjura de los perdedores" escribió: "Volví a mi ordenador y abrí mi correo electrónico: y ahí estaba, un mensaje de mi ex titulado "pienso en ti durante la crisis del virus"(3/04/2020).




Erick Vázquez entre amigos...

sábado, 18 de abril de 2020

Las tres formas de la falta de objeto


Fuente: Michael Sauval. en https://www.sauval.com/articulos/faltadeobjeto.htm


Las tres formas de la "falta de objeto"
(Comentario de algunas sesiones del seminario IV "La relación de objeto y las estructuras freudianas")
1 - La "falta de objeto"
La "falta de objeto" es el nombre lacaniano del objeto perdido del deseo freudiano, el cual funciona como condición de posibilidad de las dos series de objeto en Freud: el objeto de la pulsión y el objeto de amor.
En el seminario IV, Lacan aborda este problema con el análisis de tres formas clínicas del objeto: el fetiche, la fobia y el falo (histeria)
La estructura metafórica del objeto fóbico será la que lo conducirá a la metáfora paterna, en el seminario V, y lo que le permitirá salir de las impases clínicas del esquema L respecto del Edipo y la castración. En cambio, la futura ubicación del objeto como real se esboza mas bien por el lado del caracater quebrado del objeto de la metonimia, en ese incesante deslizamiento donde se instala el agujero, en el intervalo mismo entre los significantes, y su relación con la causa.
Lacan ordena la cuestión de la falta de objeto mediante un cuadro de doble entrada, con los tres registros en un eje y la tripartición acción, objeto y agente, en el otro.
Acción(Sujeto)ObjetoAgente
Frustración(imaginaria)Real
(pecho)
Otro simbólico
(madre)
 Simbólico
(don)
Otro real
(madre como potencia real)
Privación(real) (castración materna)Simbólico
(falo simbólico )
Imaginario
Castración(simbólica)Imaginario
(falo imaginario -)
Real
Las formas de la falta se ubican debajo de la acción, la cual es padecida por el sujeto. El sujeto es aquí sujeto sujetado a la acción de un agente, lugar donde se ubicarán los diferentes rostros del Otro. El objeto, por su parte, se deduce a partir de la forma de la falta que se introduce en el sujeto.
Esto implica dos cosas: por un lado, que no todos los agujeros son iguales , y por el otro, que el sujeto y el objeto comparten una comunidad topológica (Lacan retomará las tres formas de la falta en sus análisis topológicos del toro en los seminarios IX y XII). En síntesis, comienza a delinearse una solidaridad entre el sujeto del inconsciente y el objeto
También es importante tener presente que, a partir de este seminario, lo imaginario sufre una ampliación muy importante, incluyendo objetos otros que los especulares, e inclusive objetos excluidos (como es el caso del falo) de la imagen especular.
La dimensión del agente subraya la dependencia estructural de las formas de la falta respecto del Otro en tanto lugar del significante, mas allá de su encarnación en la madre o el padre y, sobre todo, mas allá de la dimensión "subjetiva" que hasta entonces había tenido ese Otro.
Finalmente, recordemos que de las tres formas de la falta, solo una es de neta raigambre freudiana: la castración. La frustración, en cambio, es tomada de las teorías posfreudianas de la relación de objeto, y la privación de las teorías E. Jones.
2- La frustración
La noción de frustración es fundamental para poder delimitar la serie de estas operaciones.
El centro de la noción de frustración, en tanto que una de las categorías de la falta de objeto, es del daño imaginario. Es a nivel imaginario que se ubica la correspondiente dimensión subjetiva.
El objeto, en cambio, es real, donde real no se diferencia aquí demasiado de realidad.
La función del agente introduce, luego, al Otro como objeto de amor. En consecuencia, el Otro de la intersubjetividad de los seminarios anteriores y el Otro del reconocimiento del deseo, quedan ubicados en el marco de una continuidad con el objeto de amor. Es decir que un elemento, la persona, el otro, hasta ahora ubicado en el registro imaginario especular, es diferenciado, y situado al nivel del Otro, como agente.
Este lugar tercero del Otro como agente, en sus coordenadas simbólicas, diferenciado del objeto real y del matiz imaginario de la vivencia subjetiva, subraya su ajenidad respecto de cualquier mecanismo de proyección.
Lacan aborda la noción de frustración desde el término freudiano de Versagung, que significa renuncia, una palabra rota, la anulación de una promesa. Por lo tanto, aunque la ubica en el registro imaginario (el cual, como lo señalamos, ha sufrido una ampliación, mas allá del registro especular a-a'), se subraya su subordinación respecto del registro de lo simbólico
Respecto de la frustración, "mucho se aclara si la abordamos de la siguiente manera, hay desde el origen dos vertientes de la frustración"(1): frustración de goce y frustración de amor.
"La frustración del amor y la frustración del goce son dos cosas distintas. La frustración del amor está en sí misma preñada de todas las relaciones intersubjetivas que a continuación podrán constituirse. La frustración del goce no lo esta, en absoluto.
Contrariamente a lo que suele decirse, no es la frustración del goce lo que engendra la realidad, como muy bien vio el señor Winnicott, desde luego, con la confusión habitual que se lee en la literatura analítica. No podemos fundar ninguna génesis de la realidad en el hecho de que el niño tenga o no tenga el pecho. Si no tiene el pecho, tiene hambre y sigue gritando. Dicho de otra manera, ¿qué produce la frustración del goce? Produce a lo sumo un relanzamiento del deseo, pero ninguna clase de constitución de objeto, en absoluto. Esto precisamente lleva al señor Winnicott a indicarnos algo que en verdad puede captarse en el comportamiento del niño como ilustración de un progreso efectivo, progreso que requiere una explicación original" (2).
En consecuencia, para Lacan, el acceso a la realidad se da a partir de la frustración de amor, la que ordena dicho acceso en función de la alianza y la ley, y no de una experiencia empírica de la realidad, a diferencia de M. Klein, para quien el acceso a la realidad se da por un proceso de psicogénesis del símbolo a partir del objeto de goce real y por un aprendizaje emocional del ensayo y error (es decir, hace derivar la realidad a partir de la frustración de goce).
D. Rabinovich (3) subraya la importancia de precisar estas dos vertientes de la frustración para poder diferenciar las dos series del objeto: la de la pulsión y la del amor.
La frustración de goce es frustración de una demanda vinculada con la satisfacción en cuanto tal. Para Lacan, el objeto real (el objeto de la frustración de goce) queda incluido en el eje a-a', circulando dentro de la dinámica imaginaria, y es equiparado, incluso, al objeto transicional (en lo imaginario quedan ubicados tanto los objetos propios del narcisismo como los de las pulsiones parciales).
La frustración de goce es asociada al autoerotismo y permite la delimitación del objeto pulsional: "un objeto real adquiere su función en tanto parte del objeto de amor, adquiere su significación en tanto simbólico, y la pulsión se dirige (s’adresse) al objeto real en tanto que parte del objeto simbólico, deviene, en tanto objeto real, una parte del objeto simbólico" (4) (subrayado mío).
El paso de la frustración de goce a la frustración de amor intenta articular el planteo freudiano de Inhibición, Síntoma y Angustia del paso de la situación de peligro económico a la señal de esa posibilidad, es decir, de la experiencia de inversión económica al peligro de la pérdida de amor, ausencia de la madre.
Lo que es importante tener presente es que ese objeto real ("parte del objeto simbólico") requiere, para su constitución, la pérdida de la especificidad propia de la constitución del objeto del deseo como tal.
Lacan ubicará a la madre, en tanto agente simbólico, como encarnación primera del Otro simbólico, articulando la noción freudiana de desamparo al concepto de demanda. El agente simbólico es aquél que puede responder, o no, al "llamado" . Al responder, la necesidad es transformada en demanda, introduciendo en aquella, la discontinuidad del significante y la pérdida de especificidad del objeto (el Otro desde donde el sujeto recibe su propio mensaje invertido). Es justamente el par presencia-ausencia del Otro simbólico lo que constituye al agente de la frustración en cuanto tal (es importante precisar que lo que importa no es la presencia-ausencia del objeto sino la presencia-ausencia del Otro simbólico). El par presencia ausencia "connota la primera constitución del agente de la frustración, que en el origen es la madre" (5).
Ahora bien, en la medida en que esta presencia ausencia se estructura como diferente del objeto, es decir, en la medida en que el agente (la madre) puede responder, o no, ella deviene una potencia en tanto aquella de quien depende el acceso a los objetos. Correlativamente, el objeto pasa a ser un signo de su presencia, es decir un don. "El objeto tiene a partir de ese momento dos órdenes de propiedades satisfactorias, es dos veces posible de satisfacción: como precedentemente, satisfacía una necesidad, pero también simboliza una potencia favorable" (6).
Una nueva forma de alienación se instala, diferente de la imaginaria: "Lo que se encuentra así alienado en las necesidades constituye una 'Uverdrangung' por no poder, por hipótesis, articularse en la demanda" (7). El efecto de la Uverdrangung (represión primordial) es ese retoño que es el deseo. La demanda no es demanda de satisfacción sino demanda de la presencia o ausencia del Otro como agente.
A partir de la frustración de amor, en algún momento, el Otro aparece herido en su potencia, tanto sea por su imposibilidad estructural de responder a la demanda, tanto sea por el vaivén de la presencia-ausencia. La falta del Otro se sitúa mas allá de la demanda, y abre la dimensión del deseo.
El paso de la frustración de goce a la frustración de amor implica un intercambio de registros entre el agente (S --> R) y el objeto (R --> S), en tanto que la frustración sigue siendo imaginaria. El objeto en juego pasa a ser los signos de amor, los signos de la presencia del Otro, sus dones. Y en cambio, el Otro, pasa de simple lugar de la presencia-ausencia a ser una potencia real en tanto aquella de quien depende la respuesta.
El objeto de amor no es un objeto total sino el objeto primordial que como agente simbólico muta a agente real constituyéndose en un poder en lo real que brinda objetos que son dones de esa potencia. Esto implica, no obstante, un Otro que aún responde según su capricho (la característica propia del don es su posibilidad de ser revocado, anulado). El fondo querellante de la demanda de amor se establece sobre el fondo de esta legalidad (el amor es dar lo que no se tiene: nada por nada).
La frustración de amor es la que abre el acceso a la realidad simbólica, precisamente en tanto se funda en la anulación del goce del objeto. La frustración de goce, en cambio, deja al sujeto preso de la agresividad imaginaria con el semejante. El signo de la presencia domina sobre la satisfacción, siendo el punto de arraigo de la identificación con el significante del Ideal, primer sello del Otro omnipotente.
La regresión surge cada vez que la frustración de amor se hace presente, y asume la forma de una compensación a través de la satisfacción del goce de objeto (caída en la agresividad imaginaria). "El término de regresión es aplicable a lo que ocurre cuando el objeto real, y simultáneamente (du même coup) la actividad realidad para aprehenderlo vienen a substituirse a la exigencia simbólica" (8).
3 - Privación y Castración
La vieja cuestión del "reconocimiento" (por el Otro, en tanto sujeto) se transforma ahora en como ser "reconocido" como "objeto del deseo del Otro". Aquello que el Otro designa como objeto ya no es el objeto del sujeto sino aquello con lo que el sujeto identifica su ser. Por lo tanto, si el falo designa la falta del Otro, entonces la identificación en juego será al falo.
En la castración, el falo es un objeto imaginario, en tanto que lo simbólico es lo propio de la acción. Si el sujeto experimenta la frustración como daño imaginario, la castración la experimenta como una deuda simbólica (es decir, su inscripción en la filiación y su dialéctica). Esta deuda es un castigo impuesto por el lenguaje que solo podrá saldar con su imaginario corporal (con ese objeto privilegiado que es el falo, como -)
La privación, por su parte, implica una falta en lo real, que solo puede ser efecto de lo simbólico (en lo real no falta nada). La promoción a lo simbólico del objeto de la frustración por obra del agente que se vuelve real, nos lleva al casillero de la privación (con solo intercambiar acción y agente). La madre, herida en su potencia por la acción misma de la demanda, aparece como sujeto de una acción en lo real, cuyo agente es imaginario. Este paso por la privación (castración materna) es fundamental para pasar a la castración. Esa falta se presenta como , deseo del Otro. La privación materna abre la dialéctica de ser o no ser el objeto que obtura dicha falta: el falo simbólico ().
El enigma por el objeto del deseo materno implica el paso por la acción simbólica de la castración, mediante la cual el falo simbólico () deja su lugar al falo imaginario (-), o sea a la significación fálica. Esto implica una desindentificación del ser del sujeto con el falo simbólico ().
Las respuestas al enigma del deseo, en tanto significación fálica, pueden seguir la vía metafórica o metonímica. Para la madre, el niño puede ser metáfora de su amor por el padre o la metonimia de su deseo del falo. En el segundo caso, el niño no es portador del falo, sino que es en su totalidad metonímico (cuerpo = falo). Cuando el niño es la metonimia del deseo del falo de la madre, la sustitución metafórica no opera.
El falo deviene objeto universal del sujeto en tanto que su deseo es deseo del Otro, apareciendo la significación fálica como respuesta acerca del deseo del Otro. El sujeto debe competir con el falo para llegar a situarse como objeto del deseo del Otro.
Del lado de la metáfora, el objeto se enlaza con el Otro de la demanda de amor, no con el Otro del deseo. Por un lado, los signos de la presencia, en su articulación fundamental con el cuerpo, mas allá de lo imaginario especular, constituyen el código inconsciente de los significantes de la demanda, en el segundo piso del grafo. Por el otro lado, la metáfora inscribe la lógica del tener (así como la lógica del ser se articula con la metonimia).
La demanda de amor culmina, forzosamente, en la identificación con el Ideal del yo. El objeto de amor (el Otro) al que se renuncia es sustituido por el significante del Ideal. Ese Ideal, por lo tanto, es metáfora del ser del sujeto, en la medida en que este desea ser deseable. El Ideal sufre el mismo desdoblamiento que encontramos en relación al falo: por un lado es es significación (que se crea por su mismo carácter metafórico) y por el otro es significante
Bibliografía
D. Rabinovich, "El concepto de objeto en la teoría psicoanalítica", Ed. Manantial
Notas
(1) J. Lacan, "Le Séminaire, Livre IV, La relation d’objet", Ed. Seuil, página 66
(2) Idem, página 125
(3) D. Rabinovich, "El concepto de objeto en la teoría psicoanalítica", Ed. Manantial
(4) J. Lacan, "Le Séminaire, Livre IV, La relation d’objet", Ed. Seuil, página 175
(5) Idem, página 67
(6) Idem, página 69
(7) J. Lacan, "La significación del falo", Escritos I, Editorial Siglo XXI, página
(8) J. Lacan, "Le Séminaire, Livre IV, La relation d’objet", Ed. Seuil, página 189