Fuente: https://colectivoescucharte.blogspot.com/
Teléfono voz, amistad: un afuera que está dentro*
* Erick Vázquez entre amigos...
Recuerdo bien que alguna vez fuiste criticado por mencionar
justo el tema de la amistad,
si mal no recuerdo,dijiste "si no fuera por la amistad
el
análisis no sería posible"
La pandemia del corona virus no se parece a nada anterior. No
tenemos ningún antecedente con qué compararlo efectivamente. La metáfora de la
guerra -porque es una metáfora, y no una analogía- es incorrecta y sólo nos
conduce a comprender menos; si Agamben, Preciado, Zizek y otros nombres no
hacen más que repetir sus teorías usuales ante una realidad que las demuestra
inadecuadas es porque hay algo en la circunstancia actual de un virus que se
resiste a ser pensado con esas herramientas. Las teorías de a quienes recurro
tradicional para entender el presente las encuentro rebasadas y hasta
irresponsables, como el texto de Preciado en El País el pasado 28 de marzo:
Los Gobiernos llaman al encierro y al teletrabajo. Nosotros
sabemos que llaman a la descolectivización y al telecontrol. Utilicemos el
tiempo y la fuerza del encierro para estudiar las tradiciones de lucha y
resistencia minoritarias que nos han ayudado a sobrevivir hasta aquí. Apaguemos
los móviles, desconectemos Internet. Hagamos el gran blackout frente a los
satélites que nos vigilan e imaginemos juntos en la revolución que viene.
Es inconsecuente y mesiánico convocar a que dejemos de
comunicarnos entre nosotros con la finalidad de que cada quien en su encierro
imagine la revolución que viene. Soy crítico de arte, por mis propios recursos
poco entiendo. Mi manera de comprender suele ser la de hablar con los artistas,
y con mayor frecuencia con aquellos a quienes me ata un lazo de amistad, por la
sencilla razón de que los oficios del arte y la crítica, en la medida en la que
distinguen con dificultad la vida pública de la privada, obligan a una
congruencia. Llamé a mi amiga Elisa, ensayista y guitarrista, con la que había
perdido el contacto durante años (eso hace una catástrofe en su proximidad,
relativiza la distancia así como la gravedad curva el paso del tiempo). Esa
ausencia larga en la espera mientras timbraba intermitente la llamada se
traducía en no saber qué esperar, qué decir, cómo iba reaccionar después de
tanto año, pero en cuanto escuché su voz toda incertidumbre se desvaneció y ya
sólo éramos como siempre. La amistad se distingue de cualquier otra relación en
la velocidad con la que se actualiza, que es parecida a la velocidad de la luz,
tan rápida que parece instantánea. Pero no se trata sólo de la velocidad con la que el lazo amistoso
actualiza el sentido y las afecciones, fue el timbre de su voz el que organizó
años de ausencia y miles de kilómetros de distancia. Hay algo en el timbre que
es indisociable a la identificación y al sentido que permite el intercambio de
las voces.
Teléfono es una palabra muy nueva, el vocablo Tele-phoné se
traduce, literalmente del griego, distancia-voz humana y fue usado por Alexander Graham Bell para
bautizar su invención. En el 10 de marzo del 1876, Graham Bell escribió
por la noche una carta a su papá, Melville Bell, en donde le decía:
Un discurso articulado fue transmitido de manera inteligible
esta tarde. He construido
un aparato nuevo operado por la voz humana. Por supuesto, no está
terminado aún, pero algunas frases pudieron entenderse. Me encontraba en la
habitación del instrumento transmisor y el señor Watson en otra habitación, con
el instrumento receptor, lejos del alcance del oído. Llamé por el transmisor “Sr. Watson, venga
aquí, necesito verlo”, ¡y vino! Este es un gran día para mí. Presiento que por
fin he dado con la solución a un gran problema, y el día está cercano en el que
los amigos podrán conversar sin salir de casa.
Le escribía a su padre, pudo haber dicho “padres e hijos”,
“socios y hermanas”, pero decidió escribir “los amigos podrán conversar sin
salir de casa”. Ese mismo año Graham Bell fundó lo que más adelante sería la
Bell Telephone Company, registrando los primeros dos números telefónicos de la
historia, el No. 1 para su propio estudio, y el No. 2 asignado al domicilio de
su amigo y colega, Thomas Watson. En 1914, más de tres décadas después, Graham
Bell realizó la primera llamada de larga distancia, de Nueva York a San Francisco,
esta vez con la prensa y el gobierno presenciando de ambos lados la conexión.
Graham Bell, consciente de que la Historia lo escuchaba, quiso repetir su ya
famosa frase: Mr. Watson, come here. I want you. La historia del teléfono está ligada a la historia de la
amistad.
Es una circunstancia un poco distinta la del teléfono moderno
porque los aparatos con los que cargamos son algo más que un teléfono, como
artefactos de voz despiertan ya sospecha, preferimos textear o en su defecto
enviar un audio, pero aún así se trata de la voz humana, mientras leemos los
textos escuchamos al interior la voz de quien los escribe. En todo caso la
línea telefónica - las frecuencias de los celulares pasan por líneas- replica
la historia de una etimología. La raíz indoeuropea distingue claramente el origen de cuerda,
*ǵʰer-, que pasó al griego arcaico chordé para referirse a los intestinos
estirados que servían a los instrumentos musicales, un acorde un conjunto de
tripas tensadas al mismo tiempo; el origen de corazón es por su parte
nítidamente ubicado en el indoeuropeo como *ḱḗrd, que pasó al griego antiguo como kardía y de ahí al
latín Cor, corazón. Hasta ahí la raíz de las palabras es distinguida con
claridad, pero ya desde muy temprano ambos sentidos empiezan a trenzarse. Para dar un ejemplo ilustre,
cuando el emperador Adriano le preguntó al filósofo Epicteto qué era la
amistad, éste respondió: armonía. Quid es amicitia? Concordia. Ya en el latín
clásico Concordia significaba
literalmente la afinidad de los corazones, pero en el uso designaba el moderno
“armonía” en sentido musical, es decir, una consonancia de cuerdas. El moderno español cordura
tendría que ver con una relación al corazón, pero también con la cuerda que
resuena, como en un recuerdo.
No hay mamífero que en
un encierro prolongado no se empiece a dar de topes contra la pared. Es el
teléfono, la phoné y no la imagen visual, lo que en el actual aislamiento le
otorga sentido a mi realidad inmediata, la voz humana, la de los semejantes, la resonancia con la que me identifico. Si ahorita me
preguntaran ¿Qué es
la amistad? Respondería: La cordura. Una cuerda que nos mantiene en línea, una línea
fonética que nos permite pensar incluso lo impensable de una realidad sin
referencias inmediatas.
En 1927 se hizo la prueba de la primera llamada
trasatlántica. Desde que se trataba de un ensayo técnico no se involucraron
grandes personalidades, pero se conservan las voces anónimas de los ingenieros
en la Librería del Congreso de los Estados Unidos, transcritas por Cary O’Dell.
Una voz con acento americano pregunta ¿Me escuchas? ¿Me escuchas? ¿Me escuchas
mejor ahora? Otra voz con acento inglés le responde y hablan un poco sobre el
clima, llovía en Londres y el sol brillaba en Nueva York. En un punto de la
conversación el americano dijo: Distance doesn’t mean anything anymore. We are
on the verge of a very highspeed world…¿Qué es una línea? Es difícil de describir porque la
respuesta corta es que se trata del espacio en sí, es decir, una densidad igual
a sí misma, una superficie. Mi amiga Renard, pintora y filósofo de oficio, me
ha ayudado a entender porqué Euclides para definir lo comprendido entre dos
puntos escribía γραμμὴ, un “trazo”. Una línea es la expresión de su ocupación
en el espacio, el sonido es la materialización instantánea de la distancia, la voz humana es la
procesión armónica de la presencia; una línea que, hasta donde entiendo, opera de esta manera
exclusivamente dentro de
los límites de la amistad, y que no podría corresponder por ejemplo a las instancias del
amor, las de la
sujeción de una pareja en particular. Barthes, en sus Fragmentos de un
discurso amoroso, desarrolla el fenómeno de la llamada telefónica entre
amantes:
A Freud, al parecer, no le gustaba el teléfono, a él que le
gustaba, sin embargo, escuchar. ¿Tal vez sentía, preveía, que el teléfono es siempre una cacofonía, y
que lo que deja pasar es la mala voz, la falsa comunicación? A través del teléfono, sin duda,
se intenta negar la separación —como el niño que al temer perder a su madre
juega a manipular sin descanso un cordel—; pero el cable del teléfono no es un
buen objeto transicional, no es un cordel inerte; está cargado de un sentido, que no es el de la
unión, sino el de
la distancia: voz amada, fatigada, escuchada por teléfono: es el “fading” en toda su angustia.
En primer lugar esta voz, cuando me llega, cuando está ahí, cuando se mantiene
(a duras penas), no la reconozco jamás enseguida; se diría que sale de debajo
de una máscara. Además, el
otro está ahí siempre en instancia de partida; se va dos veces, mediante su voz
y mediante su silencio: ¿a quién hablar? Nos callamos juntos: acumulación de
dos vacíos. “Te voy a dejar”, dice cada segundo la voz del teléfono.
Hay una angustia, una
insuficiencia, entre los amantes que se llaman por teléfono, para una pareja la
línea es la constatación de una incertidumbre, y es recurrente el ritual de
jugar a quién cuelga primero. Cuando jugueteábamos con el cordón del teléfono jugábamos verosímilmente con la línea cordial, la
mismísima vena cava. Entre amigos, por el contrario, sencillamente nos decimos
ya voy a colgar e inmediatamente suena el tono intermitente, sin rencor, con la certeza de que el
sentido de la relación va actualizarse en cuanto la conexión se reestablezca. A diferencia de
las llamadas entre los
amantes, entre los amigos una línea es un asunto de comprensión, la comprensión de una distancia.
Las razones que se encuentran detrás de la invención del
teléfono son extraordinarias. Melville Bell, el padre de Alexander Graham,
desarrolló en el 1867 el concepto de lenguaje visual, un alfabeto fonético para
articular la letra visible con la imagen acústica en base al aparato fonador,
es decir, un alfabeto universal, una herramienta para enseñar a los sordos a
usar sus cuerdas vocales, su cuerpo para hacer sonidos inteligibles en el
lenguaje articulado para que otros escuchas pudieran entender. El lenguaje
visual de Melville Bell es lo que en la actualidad usamos para comprender cómo
se pronuncian las palabras en idiomas ajenos, el instrumento que usamos para
escudriñar lo que más de tres milenios atrás debió escucharse como la lengua
madre común a casi todas las lenguas de India, Asia y Europa. Eventualmente
Graham Bell perfeccionó el sistema que su padre había publicado bajo el título
Visible Speech: The Science of Universal Alphabetics, y Graham Bell acabaría por desarrollar además un
espectrograma para hacer visible el registro de la voz en patrones legibles, el
timbre identificatorio, mismo que ahora podemos ver agitarse en nuestros
celulares cuando hacemos una grabación de voz, medida de los decibeles, la
medida del sonido en relación al oído humano así nombrada a partir de su
inventor, Bell.
La madre de Alexander
Graham era una destacada violinista que perdió el oído gradualmente, empezó a
ayudarse con un cuerno para amplificar la voz de su hijo y poder mal que bien
entenderle. Cuando Graham Bell cumplió doce años su madre había perdido todo sentido de la escucha, y de la música también.
Graham Bell, antes de dedicarse a la invención electromagnética, seguía los pasos de su padre como un
avanzado pedagogo para la enseñanza de los sordomudos. Graham Bell no inventó el teléfono
para resolver las
distancias entre los hogares y las naciones, ese fue un afortunado accidente, Graham
Bell intentaba resolver la sordera de su madre, y eventualmente la sordera de su propia
esposa Mabel
Hubbard. El teléfono es el resultado de una búsqueda por desarrollar un aparato
prostético para solucionar la sordera de quienes amaba. Ambas, la madre y la esposa del inventor
del teléfono, a
decir de la correspondencia que se conserva las influencias más grandes de su vida, no podían
escucharlo. El teléfono,
la voz humana a distancia, es una invención culminante de tres generaciones de
científicos que estuvieron en cuerpo y alma concernidos por la problemática de
la voz y la sordera.
La voz humana es una emisión muy peculiar porque resuena
dentro del propio cuerpo al mismo tiempo que proyecta su imagen acústica, y en
eso es más bien parecida al tacto, que toca al mismo tiempo que la propia piel
es sentida, (el lenguaje de señas, en donde las manos se tocan entre sí, es
análogo a la voz) y tal
vez por eso la conversación, a diferencia del sólo intercambio de miradas,
resulte tan confortante, porque la voz es una vibración física que toca el
interior del oído, y tal vez por eso resulte imposible violentar con la voz sin
agredir el propio cuerpo. Mi amigo Alberto Sladogna me mostró esta
analogía que Freud hace en Consejos al médico para el tratamiento
psicoanalítico, de 1912:
[El médico] debe
volver hacia el inconciente emisor del enfermo su propio inconsciente como
órgano receptor, acomodarse al analizado como el auricular del teléfono se
acomoda al micrófono. De la misma manera en que el
receptor vuelve a mudar en ondas sonoras las oscilaciones eléctricas de la
línea incitadas por ondas sonoras, lo inconsciente del médico se habilita para
restablecer, desde los retoños a él comunicados de lo inconsciente, esto
inconsciente mismo que ha determinado las ocurrencias del enfermo.
Freud utiliza la
analogía del teléfono con referencia a la “regla analítica fundamental”
justamente porque la voz resuena dentro del cuerpo y un amigo nos escucha para
ayudarnos a pensar lo que
decimos. La voz del
teléfono articula el afuera con el adentro, ni afuera ni adentro, está en
nuestra carne por vía de los agujeros corpolares que son zonas erógenas de contacto con los
otros. Dice un
relato quizás mítico, es decir real, que Freud fue el primero o de los primeros abonados al
teléfono en Viena, Austria. Lacan produjo una ocurrencia al teléfono “Hola...
¿Lacan? Ciertamente No…”(Cfr. Jean Allouch…).
El teléfono funciona
como un artefacto para escucharse a sí, si es cierto
que un amigo es una especie de imagen de sí mismo (exemplar aliquod intuetur sui).
No hablo más que del puro intercambio de timbres de voz que armoniza un sentido
excedente los cuerpos que
resuenan, según mi amigo y músico Fernando Vigueras, el timbre en tanto asunto de las
relaciones entre
los armónicos y la identidad constituye un acorde único a un cuerpo en particular,
instrumento o animal, un tema digno de las ciencias de la complejidad. La amistad parece reducirse a
una fórmula de
tiempo y presencia, una resonancia. La amistad es la identificación de un timbre
específico reconocible en el oído, y al que podemos responder en consonancia con la verdad
desnuda para hacer
sentido de, incluso, el aislamiento de una realidad disgregante y opresiva.
Paul Preciado en otro texto más reciente " Paul B. Preciado en cuarentena.
La conjura de los perdedores" escribió: "Volví a mi ordenador y abrí
mi correo electrónico: y ahí estaba, un mensaje de mi ex titulado "pienso
en ti durante la crisis del virus"(3/04/2020).
Erick Vázquez entre amigos...
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