Una ruptura antropológica importante
Fuente: Revista Topía. Marzo 2020
David Le Breton es Profesor de Sociología en la
Universidad de Estrasburgo. Miembro del Instituto Universitario de Francia y
del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Estrasburgo (USIAS).
Autor entre otros títulos en español de: Desaparecer de Sí. Una
tentación contemporánea (Siruela), El cuerpo herido. Identidades estalladas contemporáneas (Topía), Conductas de riesgo. De los juegos de la muerte a los juegos de
vivir (Topía), El sabor del
mundo. Una antropología de los sentidos (Nueva Visión), Antropología
del cuerpo y modernidad (Nueva Visión), Caminar (Waldhuter), La piel y la marca. Acerca de las autolesiones (Topía).
La editorial Topía publicará en los próximos meses
su nuevo libro Experiencias del dolor. Entre la
destrucción y el renacimiento.
El suceso catastrófico puede ser el fin de la
civilización política, o incluso de la especie ‘hombre’. Puede ser también la
Gran Crisis, es decir la oportunidad de una elección sin precedentes.
Previsible e inesperada, la catástrofe sólo será una crisis, en el sentido
literal de la palabra, si cuando golpea, los prisioneros del progreso exigen
escapar del paraíso industrial y que una puerta se abra en el cerco de la
prisión dorada
Ivan Illich, La Convivialidad
La crisis sanitaria recuerda la estrecha interdependencia de nuestras
sociedades, la imposibilidad de cerrar las fronteras. La polución, el
calentamiento climático con sus desequilibrios nos lo recuerda a diario. El
surgimiento del coronavirus es una nueva vuelta de tuerca. Por otra parte, la
paradoja es que, al reducirse la circulación automotriz y aérea, y detenerse
innumerables actividades que producen polución, el virus provee una especie de
respiración ecológica para el planeta. Es necesario que los mundos
contemporáneos entren en una era postmoderna radicalizando principios que
todavía eran potenciales las semanas precedentes. No creo de ningún modo que se
trate de cuestionar las medidas de protección, por supuesto legítimas, sino
solamente de resaltar la ironía trágica de su subtexto.
Todos los días los medios de comunicación desgranan
la cantidad de personas afectadas y el número de muertes aquí y en el
extranjero. Nuestras sociedades, más que nunca, están bajo la tutela de la
ordalía,[1] un
juicio de Dios o más bien del azar que alcanza a unos y a otros, pero más
electivamente a aquellos que participan aún de la trama social con su trabajo,
en especial el personal sanitario. Dentro de este contexto, la letanía de la
muerte por accidentes automovilísticos ha sido suplantada por la del
coronavirus. La ordalía de las rutas está suspendida por el momento, pocos
vehículos están en circulación y la cantidad de accidentes es casi inexistente.
Es cierto, cada automovilista al volante de su vehículo está convencido que
únicamente los demás son malos conductores, fantasea con ser un experto. Frente
al contagio, es más difícil para cada uno de nosotros afirmar su omnipotencia.
El confinamiento en nuestras casas manteniendo las relaciones con los
demás por medio de las herramientas de comunicación a distancia transforma a
las poblaciones en un archipiélago innumerable de individuos. Cada uno está
frente a sus pantallas aunque no quiera, transformado en un hikikomori
ordinario, como esos jóvenes japoneses que viven en reclusión voluntaria
mientras continúan un intercambio sin fin con los otros a través de las redes
sociales. Se mantienen encerrados a veces durante años rechazando al mundo
exterior. Con esta imposibilidad de salir se borra la presencia física con el
otro, aún la conversación desaparece de antemano en beneficio de la única
comunicación sin cuerpo, sin contacto, e incluso sin voz (salvo la amplificada
por el smartphone o la computadora). Ya no hay más comunicación cara a cara, es
decir del rostro al rostro en la proximidad de la respiración del otro. Y más
allá de la pantalla, en la calle o en otra parte, la mascarilla lo disimula. El
confinamiento acentúa la adicción al smartphone y en principio destruye también
la conversación, o sea el reconocimiento plenario del otro a través de la
atención hacia él.
Ahora el cuerpo es el lugar de la vulnerabilidad, donde yacen la
enfermedad y la muerte para precipitarse por la brecha más pequeña. Más que
nunca el cuerpo es el lugar de la amenaza, es importante sellarlo, clausurarlo,
por medio de los “protocolos de barrera”, tan adecuadamente nominados. La
“fobia del contacto”, señalada anteriormente por Elias Canetti también se
radicaliza en nuestras sociedades. El cuerpo debe ser lavado, fregado,
examinado, purificado constantemente, mantenido fuera de todo contacto con el
otro desconocido, y por ende sospechoso. No más besos, no más apretones de
manos o abrazos en las pocas relaciones todavía físicas que sólo se sostienen a
distancia. El deseo es un peligro porque escapa a todo control y expone a lo
peor a quienes ceden a él. Una forma inédita de puritanismo acompaña las
medidas de confinamiento y las precauciones a tomar para no ser alcanzado por
la enfermedad y no contaminar a los otros. Asistimos a un endurecimiento
sociológico del individualismo con esta reclusión necesaria. La privatización
de la existencia elimina el espacio público. El individuo hace un mundo sólo
para él “comunicándose” permanentemente pero sin la incomodidad de la presencia
física del otro.
El confinamiento con la pareja o la familia no siempre se asume con
comodidad. Vivir el día completo unos con otros a veces es fuente de tensión.
Más bien se trata de alegrarse por el reencuentro luego del trabajo o durante
las vacaciones. En ese contexto, la vida en común es una imposición, no es algo
elegido. Además es difícil salir para recuperar el aliento en vista de las
restricciones para desplazarse. Lejos del viento pleno del mundo, el
aburrimiento nos acecha, nos hace andar en círculos, rumiar nuestras
preocupaciones, inquietarnos por nuestra gente querida y preguntarnos con
ansiedad por las próximas semanas, y por el mundo del después. Podemos temer
también brotes de violencia por parte de los hombres contra sus parejas o sus
hijos. Los matrimonios que no se llevan bien pueden pasar momentos difíciles, y
también los niños de las familias donde son maltratados.
La llegada de la primavera en el hemisferio norte suma todavía más
dificultades. Los pájaros cantan por doquier, los brotes explotan, el llamado
del afuera es irresistible, pero debemos mantenernos más o menos enclaustrados
o en la proximidad de nuestras casas y resistir a la tentación del sol y de la
naturaleza en plena metamorfosis. Una experiencia terrible para los niños que
penan por comprender el motivo de tal encierro.
Redescubrimos con asombro el precio de las cosas
que no tienen precio: el simple hecho de desplazarse a otro barrio, de recorrer
los bosques, de encontrarse con amigos, de tomar un café en la terraza, ir a un
cine o a un teatro, a una librería… Una cierta banalidad envuelve estos
comportamientos cotidianos, y encuentran hoy su dimensión de sacralidad, su
valor infinito. La crisis sanitaria en ese sentido es un memento mori, el recuerdo de nuestra incompletud y de
una fragilidad que no dejamos de olvidar. Restablece una escala de valores
banalizada por nuestras rutinas. La privación vuelve deseable lo que estaba
dado sin siquiera pensarlo. Sólo tiene precio lo que nos puede ser arrebatado.
El hecho de desplazarse era tan obvio que no se percibía como un privilegio.
Esta crisis sanitaria es una travesía por la noche, por el duelo, por la
angustia, más allá nos espera una forma de renacimiento. Al término de la
crisis sanitaria, el retorno a la normalidad será un momento de júbilo
formidable, de reencuentro con los otros y con el mundo, de recuperación de la
alegría de vivir y de la sensación de estar vivo. Los primeros días serán muy
fuertes. Nunca deberíamos olvidar esta enseñanza propicia del sabor del mundo,
pero esa es otra historia. Estamos en un cruce de caminos, las posturas
políticas serán determinantes: la crisis sanitaria puede engendrar un impulso
humanista, una mayor preocupación ecológica por el planeta, una inquietud
social por luchar contra las desigualdades y las injusticias.
Traducción: Carlos Trosman
Notas:
[1] He escrito mucho sobre esta noción de
ordalía, en especial en En Souffrance. Adolescence et
entrée dans la vie (Metailié), en Conductas de Riesgo. De
los juegos de la muerte a los juegos de vivir (Topía), o
en La sociología del rischio (Mimesis).

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